Nuestras cabezas no están listas para este proceso de desconfinamiento



Por Tess Wilkinson-Ryan* (@tesswilkryTraducción por Jorge Guzmán** (@JorgeGuzman_).

La reapertura en EEUU es un desastre. Las fotografías de multitudes empujándose afuera de los bares, clientes regresando a los casinos, y una audiencia abarrotada, buena parte de ella sin cubrebocas, escuchando el discurso del presidente Donald Trump en el Monte Rushmore, muestran al país volviendo a las normas anteriores al virus. Mientras tanto, quienes vemos desde casa somos como el público de una película de terror, gritando "¡Salgan de ahí!" a nuestras pantallas. A medida que aumenta la desesperación, la tentación de avergonzar a la gente que fracasa en el distanciamiento social se hace difícil de resistir.

Pero el malestar de los estadounidenses debe dirigirse a los gobiernos e instituciones, no a los demás. A las personas se les pide que decidan por sí mismas qué riesgos deben asumir, pero un siglo de investigación sobre la cognición humana demuestran que las gentes son malas para evaluar el riesgo en situaciones complejas. Durante el brote de una enfermedad, una orientación vaga y normas de comportamiento confusas conducirán a un pensamiento totalmente equivocado. Si un negocio está abierto pero sería tonto visitarlo, eso significa un fracaso de la dirección.

Desde marzo, la ciudadanía de EE.UU. han vivido bajo una simple instrucción: Quedarse en casa. Ahora, incluso cuando los registros de casos se disparan en estados como Arizona, Florida y Texas, muchos otros continúan reduciendo las restricciones a las empresas, y de repente la carga recae sobre las personas para que se dediquen a algunos de los análisis de costo-beneficio más frustrantes y confusos de su vida. La toma de decisiones en una pandemia implica al menos dos tareas cognitivas complejas: el razonamiento moral y la evaluación de riesgos.

Mi subespecialidad académica es la psicología del juicio y la toma de decisiones. El experimento fundamental de esta disciplina comenzó con el impulso: "Imagina que los Estados Unidos se preparan para un brote de una inusual enfermedad asiática". (El uso visiblemente xenófobo de "asiático" como atajo para inducir al miedo y a la confusión es tema de otro artículo). En el experimento se pidió a los participantes que eligieran entre dos políticas de salud pública: en la opción A, un tercio de la población sobrevive seguro, pero nadie más lo hace; en la opción B, hay un tercio de posibilidades de que todos sobrevivan, pero dos tercios de posibilidades de que ninguno lo haga. Para quienes participaron, estas opciones se describieron en términos de cuántas vidas se salvarían; para otras, cuántas morirían. Fueron elegidas sistemáticamente la opción A, que ofrecía certeza, si pensaban en términos de posibles ganancias (salvar vidas), pero la opción B, que entrañaba más riesgo, si pensaban en posibles pérdidas (morir). Una decisión de peso fue influenciada dramáticamente por el marco semántico. (Esta observación le valió a uno de los experimentadores el Premio Nobel de Economía).

El canon de la ciencia cognitiva está repleto de predicciones extrañas relevantes para la era de los coronavirus. Los investigadores han estudiado la tendencia de la humanidad a descartar los daños prevenibles que surgen de la naturaleza y a reaccionar de forma exagerada a los peligros que resultan de la acción humana. En la literatura se predice que las gentes se sentirán reconfortadas cuando la muerte de una persona por coronavirus se atribuya a "afecciones subyacentes" —por ejemplo, la edad de una paciente o enfermedades crónicas— que no comparten, y se sentirán tentadas por el rápido golpe de la dopamina asociado a la vergüenza de quienes incumplen el distanciamiento social. La ciencia cognitiva tiene incluso experimentos para explicar la "disminución de la desutilidad marginal" que las personas asocian con el fallecimiento de otras, la sensación de que la diferencia entre ninguna defunción y una sola es realmente mala, pero la diferencia entre 110.000 y 111.000 muertes es insignificante. Evocativamente denominada "adormecimiento psicofísico", esta confusa combinación de lo matemático y lo existencial es donde viven ahora los habitantes de los Estados Unidos.

A medida que los estados se reactiven gradualmente, es probable que los juicios aparentemente sencillos se vuelvan más difíciles. ¿Cómo se ve un metro y medio entre las personas? La literatura sugiere que tengo más confianza en que estoy a dos metros de distancia de una persona amiga que de una desconocida, que es más probable que culpe a personas que no son de mi propia etnia por estar demasiado cerca, que sobreestime mi cumplimiento de los lineamientos en materia de salud pública, pero que subestime el suyo. La humanidad tiene dificultades para calcular indicadores, lo que es crucial para entender la velocidad de propagación de las enfermedades. Luchan por estimar la respuesta correcta a un problema sin desviarse hacia la respuesta que mejor sirva a sus propios intereses. Con más libertad de movimiento, los estadounidenses también tienen más oportunidades de juzgar a los demás, que siempre parecen estar haciéndolo mal. ¿Cómo puede la gente estar sentada en grupos, charlando, en un bar al aire libre? ¿Quién llevaría a su hijo a nadar en una piscina pública? ¿Estás invitando a esas personas dentro de tu casa?

Incluso cuando los vergonzantes tienen el correcto cálculo de riesgo, la vergüenza social sigue siendo inútil o incluso perjudicial para la sociedad. Cada juicio es una oportunidad no sólo para equivocarse en las matemáticas, sino para permitir que la indignación exceda a la empatía. Al vivir en una ciudad densa y diversa, sé que le doy valor moral y práctico a los parques y parques infantiles y, de hecho, a las marchas de protesta que podrían haber sido consideradas como caprichos si todavía viviera en mi ciudad natal en la zona rural de Maine. Las ciudadanías concretas que se enfrentan a una serie de opciones permitidas, que reciben mensajes confusos sobre la salud pública, que hacen trampas para cumplir con compromisos éticos, no son los mejores objetivos de nuestra preocupación práctica y moral. Aún dentro de la psicología académica, las investigaciones tienden a enfocarse en la gente que toma decisiones subóptimas: personas que no ahorran, o empleadas que escogen malas inversiones para su retiro. En la pandemia, este impulso es una pista falsa; es demasiado fácil centrarse en las gentes que toman malas decisiones en vez de en las personas que ya han tomado malas decisiones. La gente debería practicar la humildad con respecto a las primeras y expresar su indignación con respecto a las segundas.

Como mínimo, las agencias de gobierno deben promulgar disposiciones y normas claras y explícitas para facilitar las opciones de cooperación. La mayoría de las personas que se congregan en espacios reducidos se cuentan a sí mismas una historia sobre por qué lo que hacen está bien. Tales relatos florecen bajo normas confusas o ambiguas. La gente no es irrevocablemente caótica en sus decisiones; el nivel de claridad en el pensamiento de la humanidad depende de lo difícil que sea el problema. Sé con certeza si me quedo en casa, pero el intervalo de confianza en torno a "estoy siendo cuidadoso" es realmente amplio. La orientación precisa hace que los desafíos sean más fáciles de resolver. Si las mascarillas funcionan, los estados y las comunidades deberían exigirlas inequívocamente. Los sesgos cognitivos son la razón para marcar espacios de dos metros en el suelo del supermercado o círculos en la hierba de un parque.

Para que la vergüenza del distanciamiento social sea un valioso instrumento de salud pública, la ciudadanía media debería reservarla para el desafío manifiesto de las directrices oficiales claras -no usar una máscara cuando se le exige- en lugar de meros casos de juicio erróneo. Mientras tanto, el dinero y el poder se encuentran en instituciones públicas y privadas que tienen acceso a expertos en salud pública y la capacidad de proponer normas de comportamiento específicas. Los malos juicios que realmente merecen ser avergonzados incluyen el no facilitar las pruebas, el no proteger a los trabajadores esenciales, el no liberar a un mayor número de prisioneros de las instalaciones que se han convertido en focos de COVID-19, y el no crear las condiciones materiales que permitan un aislamiento estricto. La tibia reapertura de EEUU es un laberinto psicológico, una trampa para la derrota que será fácil de culpar a cualquier persona irresponsable mientras las entidades culpables evitan el escrutinio.

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Texto publicado originalmente en The Atlantic, bajo el título: «Our Minds Aren’t Equipped for This Kind of Reopening».

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Tess Wilkinson-Ryan* (@tesswilkryes profesora de derecho y psicología en la Universidad de Pennsylvania. Escribe sobre la psicología moral de los contratos y la toma de decisiones legales. 

** Jorge Guzmán (@JorgeGuzman_) es politólogo y publiadministrativista por la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM. Es Coordinador General de Proyectos en BPP A.C.

Comentarios

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